VÍDEO | El “fuego sagrado” se apaga para clausurar las Fiestas de Cástulo

Las ‘V Fiestas Íbero Romanas de Cástulo’ vieron su punto y final en el día de ayer con la representación de lo que era un funeral romano y apagado del Fuego Sagrado en el Castrum de la Plaza del Ayuntamiento.

Bajo los sones de gaitas y timbales y escoltado por legionarios, un héroe romano caído en combate era incinerado ante el pueblo, rindiendo homenaje a los sacrificios prestados. Todo ello también, con unas danzas con toques orientales como preludio.

El ritual funerario utilizado en la antigua Roma, hasta el siglo II d. C era la incineración. El cadáver se colocaba sobre una pira funeraria que tras la ceremonia era apagada con vino. Los restos se depositaban en una vasija o urna, enterrada luego en la tumba.

Los romanos pensaban que el alma del difunto se escapaba con su último aliento, así el familiar más allegado recogía el último suspiro y pronunciaba su nombre tres veces para asegurarse de que había fallecido, es la llamada conclamatio. El cuerpo era velado durante ocho días. Se lavaba y perfumaba vistiéndolo con las ropas propias según su posición social colocándolo en un lecho mortuorio para exponerlo en el atrium de la vivienda familiar con los pies en dirección a la entrada principal, de ahí la expresión “con los pies por delante”.

La ley prohibía los lujos en los funerales, aunque permitía decorar al muerto con una corona de laurel y dos monedas sobre sus ojos para pagar al barquero Caronte que debía llevarle por la laguna Estigia hasta la otra orilla, en el mundo de los muertos. Antes de sacarlo de la casa, se le realizaba una máscara funeraria en cera, que luego serviría para hacer un busto del difunto con el que recordarle.

Los miembros de la familia salía formando un cortejo nocturno portando el cadáver, llevaban las máscaras de los familiares difuntos (ius imaginum) y podían contratarse actores, músicos y plañideras que recorrían la ciudad con ellos. Si era una familia patricia y el difunto ostentaba un cargo político, se rezaba una oración pública en el foro, a esta ceremonia se le llamaba laudatio.

Luego se trasladaban hasta la necrópolis situada a las afuera de la ciudad puesto que las leyes romanas prohibían enterramientos dentro de los límites de la muralla. Sin embargo, no buscaban un lugar tranquilo como pudiéramos imaginar sino que las tumbas se solían colocar en los borde de las calzadas y caminos. En estos lugares de tránsito los difuntos estarían más cerca de los vivos.